Transformación

Publicado el 10 de diciembre de 2025, 14:48

No recuerdo el día exacto. 

Pero sí recuerdo el peso. 

Ese momento en el que todo lo que sostenía se desmoronó. 

Las certezas, los planes, las palabras que antes me daban fuerza… ya no estaban. 

Y yo, que siempre fui buena para cuidar a otros, no sabía cómo sostenerme a mí misma.

 

Me rompí. 

No como en las películas, con lágrimas dramáticas y música de fondo. 

Me rompí en silencio. 

En la rutina. En la ducha. En la mirada perdida frente al espejo. 

Me rompí en esas pequeñas grietas que nadie ve, pero que lo cambian todo.

 

Y por un tiempo, me quedé ahí. 

En ese lugar donde no hay respuestas, solo preguntas. 

Donde el alma se arruga y el cuerpo sigue, por inercia.

 

Pero algo dentro de mí —una voz suave, casi imperceptible— empezó a susurrar: 

*“No estás rota. Estás en transición.”*

Fue entonces cuando comencé a reconstruirme. 

No con prisa. No con perfección. 

Con paciencia. Con ternura. Con verdad.

Empecé por lo más simple: respirar. 

Luego escribir. Caminar. Decir “no” sin culpa. 

Elegir lo que me hacía bien, aunque fuera incómodo. 

Y poco a poco, Lia Gaviota empezó a nacer. 

No como una máscara, sino como una parte de mí que siempre estuvo esperando ser escuchada.

 

Hoy no vengo a decir que todo está resuelto. 

Vengo a decir que se puede. 

Que romperse no es el final, sino el inicio de una nueva forma de estar en el mundo. 

Más auténtica. Más libre. Más tú.

 

Si tú también estás en ese lugar, te abrazo desde aquí. 

Y te invito a reconstruirte sin prisa, sin exigencias. 

Porque a veces, el vuelo más hermoso nace justo después de tocar fondo.

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